Hace cinco años me despertó el teléfono. Era un pariente que eufórico me pidió que prendiera la tele para ver algo asombroso.
Lo hice y lo que vi me sobrecogió. Un incendio en el WTC de Nueva York. Lo primero que pasó por mi cabeza fue el trabajo que deberían estar haciendo en esos momentos los bomberos para tratar de controlar el fuego. Por deformación profesional sé que los incendios en edificios altos son dificilísimos de controlar y éste se veía de lo más impresionante.
Seguí viendo, cambiando de canal todo el tiempo para tratar de averiguar qué había pasado. Se decía que algun tipo de avión quizá se había estrellado en la torre, pero no se podía confirmar. Supuse que en todo caso, debió haber sido una avioneta o algún avión pequeño.
Pero entonces, pude ver que otro avión enfilaba directamente a la torre y la impactaba.
No señor, esto no era un accidente.
Era un ataque.
El teléfono volvió a sonar otra vez. Y otra y otra más. Amigos y familiares entre vítores me avisaban del incidente y celebraban el hecho.
Yo no compartía ese estado de ánimo. Al menos no completamente. Para ser sincero cuando vi el segundo avión estrellarse en la torre y determinar que no era un accidente sino un ataque, mi preocupación por los bomberos y por la gente atrapada en los edificios pasó a segundo término. Me avergüenza un poco decirlo, pero por unos momentos me sentí feliz, era testigo de un ataque al corazón del imperio.
Pero eso no duró mucho. A fuerza de raciocinio conseguí que tan absurdo sentimiento se disipara. Al menos, casi por completo.
¿Cómo podía alegrarme ver a la gente saltar al vacío para escapar del fuego? ¿Cómo?
Lo más curioso es que no sólo mis amigos y familiares se alegraban del hecho. Más adelante ese mismo día, en el transporte público el tema de las conversaciones de los pasajeros era el mismo: El ataque que habían sufrido los EUA, y el tono, invariablemente, era de celebración.
Reprobable.
He dicutido en varias ocasiones sobre el tema, tratando siempre de convencer a la gente de que no es motivo de alegría la muerte de inocentes, pero la verdad, de vez en cuando se deja oir una vocecilla en mi cabeza que grita "¡se merecen eso y más!".
A.T.
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