martes, 16 de mayo de 2006

II Congreso Nacional de Espeleología

A finales de 1993 y sin mucho tiempo de haber entrado a la Facultad de Ciencias, me encontré un cartel sobre un congreso de espeleología. Más adelante algún profe nos hizo la invitación directa y como era algo que me interesaba, decidí que sería interesante ir. De espeleología yo sólo sabía que tenía que ver con las cavernas y supuse que así aprendería más sobre el tema. Le dije al Sucio y se animó a ir. Le preguntamos al profe qué había que llevar y como sólo iríamos en calidad de asistentes o curiosos, nos recomendó llevar un casco, linternas, ropa de trabajo y tiendas de campaña para dormir.

Yo agarré mi viejo casco que había usado como socorrista en la Cruz Roja de Tehuacán, le quité las cruces por razones obvias, le añadí una lámpara de cazador y ya. El Sucio llevó un casco de electricista que sepa cómo llegó a conseguir y listo, ya estábamos preparados para lo que fuera.

Nos fuimos al mentado congreso. Llegamos a las Grutas de Cacahuamilpa y vimos que la cosa pintaba bien: nos encontramos con una manta a la entrada y ya en el edificio donde están los restaurantes y la entrada a la gruta, un monigote colgando de una cuerda mostrando parte del equipo que se emplea en este negocio. Ahí estaban los organizadores con una computadora y toda la cosa, registrando a los asistentes e imprimiendo los gafetes. Por cierto que en ese entonces las computadoras portátiles eran todavía una curiosidad y llamaba mucho la atención la maquinita ésa.

Ahí fue cuando la cosa se empezó a poner... curiosa, digamos.


Habíamos llegado algo tarde y temíamos no alcanzar lugar, pero nos encontramos con que no había nadie más, a excepción de los organizadores y algunos de los ponentes. De modo que durante varias horas tuvimos el honor de ser los únicos dos asistentes reales al II Congreso Nacional de Espeleología.

Y de espeleología no sabíamos mucho que digamos.

Como no había nadie más que el asistente número uno y el asistente número dos, los organizadores hicieron un pequeño cambio en el programa y en lugar de entrar de lleno en las exposiciones, nos fuimos a los talleres.

En realidad los talleres no fueron la gran cosa, es más, me etrevo a decir que más que talleres se trataron de prácticas para mantenernos ocupados en lo que decidían qué hacer. Eso por un lado, por el otro, como el Sucio y yo éramos un par de neófitos en estas cosas, supongo que no podían irse a hacer cosas más especializadas.

Una de las cosas que hicimos fue conocer el equipo básico para la práctica de la espeleología, mosquetones, descensores, cuerdas, cascos especiales, làmparas, etc. A mí me gustó esto pues el único equipo que conocía, gracias a las prácticas de rappel en la Cruz Roja, eran los mosquetones y las cuerdas de perlón (y esas, por mi cuenta, que en la CR usábamos otras cosas. Pero ya hablaré de ello).


Después de eso nos fuimos a practicar descenso y ascenso por cuerdas, en lo que ahora ya funciona como hotel pero que en aquel entonces estaba abandonado y que los murciélagos habían tomado como suyo. En las habitaciones había unas alfombras de güano muy bonitas....

Aunque ya tenía experiencia "rapeleando", aquí conocí y usé por primera vez tanto el descensor tipo ocho como el de velocidad variable o "marimba".
Y también tuve mi primera falla con un "ocho", que se trabó con la cuerda cuando descendía. Por suerte ocurrió justo a la altura de una ventana, de modo que sólo tuve que balancerame un poco, sentarme en ella y destrabar la cuerda para seguir bajando.

Por cierto que de esta práctica tengo una anécdota que años más tarde he utilizado cuando me ha tocado ser instructor de rappel, para ilustrar que siempre hay que verificar más de una vez cualquier sistema de cuerdas antes de usarlo:

La instructora que nos estaba demostrando cómo usar la "marimba" ya se había equipado y se encontraba lista para iniciar el descenso, pero, a pesar de que yo nunca había usado una de esas cosas, me pareció que algo no estaba del todo bien, así que la detuve y le pedí que me explicara de nuevo la mecánica del aparato. Ella accedió y al hacerlo, descubrió que se lo había puesto al revés. En cuanto puso tensión a la cuerda el aparato saltó de la misma. Es decir, si hubiera intentado descender, muy probablemente se habría dado tremendo costalazo.

Más tarde nos enseñaron la técnica básica para ascender con las cuerdas. Yo estaba bastante desconfiado al respecto por una experiencia previa con nudos prusik, pero la verdad, después de conocer y utilizar los ascensores mecánicos o jumars, quedé encantado con ellos. Nada que ver con los prusik que me habían traumado tiempo atrás.

Después de eso creo que ya nos fuimos a las conferencias, en el pequeño auditorio que había dentro de la gruta principal. Recuerdo que los organizadores estaban consternados porque todavía no llegaban los asistentes esperados. Quizás a estas alturas se habían anotado dos o tres más, de modo que para guardar las apariencias y para que los ponentes no sintieran feo por hablar ante un auditorio semi-vacío, los organizadores interceptaban a los turistas y les invitaban a escuchar las conferencias. Algunos se quedaban, pero la mayoría se iba en cuanto podía.
Recuerdo que había ponentes que habían venido hasta de Cuba para participar en el congreso. Me cae que hasta a mí me daba pena...

La verdad es que no me acuerdo de ninguna de las pláticas, creo que nos iban a dar una copia de las memorias después, pero nunca lo hicieron. Es más, ni constancia nos tocó. Quizá si hubiéramos pagado... Porque han de saber que nunca pagamos por el congreso, habíamos quedado en que lo haríamos después, cuando juntáramos el dinero pero como quedamos tan desilusionados, preferimos escurrir el bulto.

Con eso terminó el primer día de actividades de congreso. Nos fuimos a comer al campamento y a curiosear por la zona.

Al día siguiente nos llevaron a conocer otra gruta, de la cual no me acuerdo el nombre, San algo, creo... Y ahí, entre otras actividaes, nos hicieron pasar por un pequeño pasadizo con la promesa de que al otro lado había una cámara muy bonita. Claro que no era así, el pasadizo tenía una vuelta en "u" y terminaba como a dos metros de altura. Me costó mucho trabajo salir del mentado agujero, más que nada por el temor de hacer movimientos bruscos y fregarme las rodillas en el proceso, porque tienen la costumbre de tronar en los momentos más inoportunos. Por suerte no pasó nada y logré salir más o menos intacto después de retorcerme cual gusano para acomodarme. Debo confesar que ya me veía tirado en el piso y con el orgullo embarrado de güano.

Luego nos fuimos a perfeccionar las técnicas de ascenso y descenso, ahora desde más altura. Creo que fue una de las cosas que más nos gustaron de todo el congreso.

En
algún momento nos dieron una visita a la gruta principal, por zonas fuera del recorrido turístico normal y como ya nos habían advertido del riesgo de histoplasmosis, nos recomendaron que no los acompañáramos más allá de determinado punto, sobre todo si no nos pensábamos dedicar más a esta actividad. Como ése era el caso, preferimos quedarnos en una pequeña galería mientras que el resto de los compas se adentraba en la gruta. Para ahorrar batería le dije al Sucio que apagàramos las lámparas. Recuerdo que podíamos sentir a los murciélagos volando cerca y era impresionante la oscuridad. Una oscuridad total, más negra que la noche más negra. Lo malo es que después de unos minutos, los nervios le ganaron y me pidió que usàramos la luz química que nos habían dado y se perdió el encanto.

Creo que esto es lo más relevante de ese congreso, o intento de congreso. De que nos la pasamos bien, ni dudarlo, pero la verdad es que esperábamos más. Hasta nosotros, que no sabíamos nada ni de espeleología ni de congresos.

Una de las cosas que más gracia me hace recordar, aunque estrictamente hablando ya no parte del congreso, pero sí direcatemente relacionado con él, es que el Sucio tuvo un ataque relámpago de histoplasmosis. Ya de regreso nos separamos pues teníamos destinos diferentes, y
me contó que rumbo a la terminal de autobuses empezó a sentirse mal. Tan mal que fue a los servicios médicos de la estación y le dijo al encargado que estaba seguro de que tenía histoplasmosis. El médico por supuesto botó la carcajada y le explicó que no era posible (aunque por las razones equivocadas, debo decir) y el Sucio de inmediato empezó a sentirse bien.

¿Histoplasmosis? Hipocondria, diría yo.

A.T.

2 repelaron:

JaKo! dijo...

Asistente número 2 al habla, pues anunque nadie me crea estuve enfermo de histoplasmosis, por fortuna en la terminal de auntobuses del norte un médico cuyo nómbre quisiera recordar me curó, de una extraña máquina tragamonedas sacó una lata roja que contenía una poción de color negro la cuál bebí y eso fué suficiente para detener la enfermedad, aunque he de confesar que sigue latente en mis pulmones y que con cada etornudo arrojo esporas altamente infecciosas.

Paco dijo...

¿¿En que año fue eso??, yo soy espeleologo federado y esperando el curso de espeleo socorrismo...

Suerte a todos los "cueveros"