Esta frase es original hasta donde sé, de Boogie el aceitoso, personaje de historieta creado por Fontanarrosa. Solía leer sus cartones cuando se publicaban en Proceso y es sin duda, uno de mis personajes favoritos.
Como sea, la frase sirve perfectamente como título para esta entrada.
Esto ocurrió poco antes o poco después de graduarme como socorrista en Tehuacán. Debe haber sido más o menos por ahí de 1989... Era una de mis primeras guardias, y hasta ese momento todos los servicios en los que había participado fueron bastante sencillos: borrachos, algún golpeado y cosas así.
Entonces, una noche, nos avisaron que había habido una volcadura en la carretera y que teníamos que salir de inmediato. Nos subimos a la ambulancia los que estábamos de guardia: el mismísimo comandante de la delegación como operador de unidad, dos compañeros uniformados y yo. Y hago la aclaración de los uniformes porque la verdad, la mayoría de los compañeros se limitaba a vestir su peto sobre la ropa de civil. O sea que lo que sea de cada quien, inspiraban confianza.Yo iba más o menos tranquilo. Vamos, que iba el comandante. No cualquiera, pues.
Llegamos al lugar del accidente y nos encontramos con una camioneta pick-up que por el daño que presentaba, se deducía que al menos había dado una vuelta sobre sí misma. La gente ya había sacado a los heridos de la cabina y dos de ellos estaban tirados en el piso, uno junto al otro. Creo que había dos más de pie, aunque no lo puedo asegurar.
Me acerqué a uno de ellos y empecé a revisarlo como me habían enseñado en la escuela de socorristas (y aquí aclaro que los procedimientos eran en aquel entonces distintos a los que ahora usamos), descubrí que tenía al menos una de las piernas fracturadas y cuando me volví para comunicar esto a mis compañeros, cuál no fue mi sorpresa cuando vi que entre la gente y dos de mis compañeros ya estaban levantando como costal de papas al otro herido, sin revisarlo ni nada. Y mientras lo levantaban una de sus piernas se doblaba de manera por completo antinatural.
Corrí a la cabina de la ambulancia, para buscar detrás del asiento los cartones que solíamos usar como férulas, y mi sorpresa y desconcierto aumentó cuando me encontré conque el comandante seguía ahí, sentado, aferrando el volante de la ambulancia.
Tomé los cartones y corrí para tratar de acomodárselos de alguna manera al paciente que ya estaban poniendo sobre la camilla. Hice lo mejor que pude y me voltee para atender a mi herido, pero entonces me encontré conque ya lo estaban levantando, igual que al primero, como vil costal de papas.
Nos subimos a la ambulancia, los dos heridos graves en las camillas y un herido leve sentado a sus pies. Uno de mis compañeros se fue a la cabina junto al comandante y el otro se vino atrás con nosotros.
En el camino le dije al compañero que estaba conmigo que había que entablillarle la pierna a uno de los heridos y le pasé un cartón para que lo hiciera.
Pero no hizo nada. Se limitó a verme, asentir y siguió sentado sin hacer nada.
Yo estaba absolutamente anonadado.
Me repuse y entablillé al herido lo mejor que pude. Entonces seguí revisándolo para ver qué más encontraba pero al pasar un tope, su brazo derecho se movió y también se dobló donde no debería doblarse. Utilicé otro trozo de cartón y se lo até con lo que encontré, porque ya me había quedado sin –mis- vendas, y la ambulancia, fuera de los cartones, no contaba con nada más.
De repente escuché que el herido hacía ruidos raros. Acerqué mi oído a su boca y comprobé que tenía problemas para respirar. No sabía qué hacer. Se nos había enseñado que lo que teníamos que hacer en estos casos era ladear al paciente para que el vómito o sangre se escurriera, pero tenía miedo de moverlo. Me asustaba dejarlo cuadripléjico pues tenía lesiones muy serias en la cabeza y muy probablemente en el cuello. Le dije a mi compañero lo que pasaba pero no obtuve respuesta alguna. Él seguía sin hacer nada. Absolutamente nada.
Fue entonces cuando dejé de escuchar su respiración. Me asomé por la ventanilla a la cabina y le dije a mi otro compañero que el herido ya no respiraba. Él se asomó, buscó su aliento con la mano y le presionó la uña para ver el flujo capilar. Hecho esto simplemente me dijo: “sí, éste ya se murió”.
Y se volvió a sentar.
Me quedé helado. Mil pensamientos surcaron mi mente en segundos ¿Así y ya? ¿Eso es todo? ¿Entonces, para qué estamos aquí? ¿Para qué tomamos un curso y no llamamos socorristas?
Decidí que no, que tenía que intentar algo, así que traté de quitar algo de la sangre que tenía en su boca e inicié las maniobras de reanimación. Empecé a darle masaje cardíaco externo y después respiración artificial. Después otra vez masaje cardíaco pero cuando intenté darle de nuevo respiración artificial, recibí su vómito sanguinolento.
Lo escupí y traté de desalojar de su boca el vómito con mis dedos. No pude. Me quedé ahí un momento, viéndolo morir. Vencido.
Mis compañeros seguían sentados.
Eventualmente llegamos al hospital y entregamos a los otros dos pacientes. Revisamos entonces las pertenencias del cadáver y pude ver su credencial de elector. Tenía 19 años.
Yo tenía 21.
No podía creer lo que había pasado. Se supone que yo era el novato, el que iba a aprender de los veteranos cómo se trabajaba en las calles, el que iba a ir de mirón, en todo caso. Pero había sido todo lo contrario. Esa noche le perdí el respeto a la Cruz Roja Mexicana.
Pero la noche todavía no terminaba.
Metimos al cadáver en la “caja negra” que había debajo de las escaleras de los dormitorios. Pregunté si no lo podíamos lavar para que no lo vieran tan mal sus parientes pero me explicaron que tal cosa era imposible, al menos hasta que viniera el Ministerio Público. Por supuesto que el MP no llegó sino hasta ya entrado el día siguiente.El comandante se despidió cuando llegó el otro operador, no sin antes felicitarme por ser la primera persona a quien él había visto hacer RCP (¡!). Nos fuimos a los dormitorios y en la madrugada escuchamos que tocaban el zaguán. La recepcionista abrió y pronto regresó. Después de un rato nos habló y nos dijo que se trataba de los familiares del muerto. Le preguntamos por qué no habían entrado y ella nos dijo que no supo que hacer, que se puso muy nerviosa y los mandó a preguntar al Seguro Social.
Me quedé con ella a esperar que regresaran y cuando lo hicieron, tuve que recibir a la madre y familiares, sentarlos, decirles que su hijo había muerto casi de inmediato, que no había sufrido, disculparme por la recepcionista y explicar la situación.
Y después, acompañarlos a identificar el cuerpo de su hijo. Destrozado, ensangrentado, sucio.
Puta madre. Yo era el novato.
A.T.
4 repelaron:
Una vez mas visitandote por aqui, y mira lo que encuentro....
Saludos Lonjho.
Te pondré un link.
1989... 17 años de distancia, y desafortunadamente puedo asegurar que mucho de lo que platicas sigue vigente.
Las nuevas generacioes de socorristas y TUMs salen de sus academias con la camiseta bien puesta, escasos conocimientos adquiridos y deseos de saber y aprender más, respeto a sus instructores (y a CRM).
Todo eso se pierde en el primer servicio. A mí también me pasó. A partir de ahí se genera a disyuntiva: seguir a la manada, o abrirse camino solo (con el consabido desapruebo de los demás).
Saludos.
Me creeras que no me acuerdo???? del primero.. ni maiz.. no .. sera lo dopada que ando ahora.. pero deja hago memoria...
De lo que si me acuerdo es de mi primera guardia como pirata.. y en esa me toco de tocho morocho....
Sera que el alz tambien me anda alcanzando a mi? me acuerdo de mi primer 5, mi primer, clave 3, mi primer 49 ( justamente en el metro) pero mi primer 14?? nop
Lo que no entiendo y sigo sin entender.. es el que como puedes enjuiciar a toda la institucion por 3 estupidos que te tocaron ese dia???
En fin.. yo sigo siendo optimista...
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