
Ingresé a la CRM allá por 1988 0 1989.
En realidad, yo iba sólo a pedir informes para ver si había manera de tomar un cursillo de primeros auxilios, porque era un tema que siempre me había llamado la atención, más que nada por gustarme salir al campo a caminar y a acampar.
Así que un día decidí hacer las cosas bien, dejar de capacitarme de manera digamos “autodidacta” con manuales de primeros auxilios y aprender con quienes sabían de estas cosas. Fui a la delegación de la CRM de Tehuacan y recuerdo que me recibió un sujeto malencarado quien me dijo que ellos no daban cursos de “primeros auxilios”, sino que ellos “formaban socorristas”.
Oh.
Pregunté entonces qué se necesitaba para tomar ese curso y cuándo sería el próximo. La respuesta fue que no había fecha segura y que sólo se necesitaba ser mayor de edad. Como vieron mi interés, en pocos días decidieron lanzar la convocatoria y me pidieron que la distribuyera para ver si había más interesados.Finalmente, un par de semanas después, se organizó el mentado curso, con no más de una docena de alumnos en total. Y fuimos introducidos a la “Escuela de Socorristas Número 66”de la delegación Tehuacan de la CRM. En la primera clase se nos hizo la aclaración de que la idea del curso era formar personal para la CRM, pero que tampoco era obligatorio que la gente se quedara en la misma una vez terminado. Ante esto, decidí continuar. Total, mi idea era solamente aprender algo de primeros auxilios y hasta ahí.
Como ni había manuales disponibles, nos hicimos de un juego de fotocopias (que aún conservo, por cierto) del manual que un instructor nos facilitó. El material era de muy mala calidad, pero era mejor que nada.Los temas del curso eran los siguientes: primeros auxilios, levantamiento y transporte de lesionados, salvamento elemental, historia y estructura de la Cruz Roja, instrucción militar, prevención y combate de incendios, introducción a los desastres y seguridad acuática.
Apantallante, ¿no?
Hay que aclarar que según los estándares de hoy, los temarios eran sumamente deficientes, pero para un neófito como yo en aquel entonces, eran fabulosos. Imagínenese, aprender rappel, arrastres, nudos, y demás. Era sumamente emocionante.
Además, nunca nos pusimos a jugar a los soldaditos. Había tan pocos voluntarios y la delegación tenía tal necesidad de gente fresca que se omitió esa parte del curso. ¡Por suerte! Era el consenso entre los alumnos que si se ponían jugar a los sargentos, nos iríamos a otro lado con nuestras chivas.
Ya avanzado el curso, cayó en nuestras manos un libro (dividido en cuatro tomos por locuras de la editorial) con el rimbombante título de “Manual internacional de urgencias y rescate”, que no era otra cosa que la traducción de la segunda edición del “Emergency care” de Grant y Murray.
Pero ¡ah qué diferencia! Nada que ver con las fotocopias del manual que teníamos. Aunque con ilustraciones a blanco y negro, por lo menos tenía ilustraciones; el texto era mucho más comprensible y actualizado que nuestro vetusto manual. E incluso se manejaban conceptos de los cuales nosotros casi-socorristas, no teníamos ni idea.
La verdad, aprendimos mucho más de este libro que en todo el curso.
Obviamente, lo fotocopiamos pues era demasiado caro para que cada quien se comprara el suyo. Todavía conservo mis fotocopias..
A pesar de todo el curso resultó en términos generales más interesante de lo que esperaba, aunque también mucho más largo de lo acordado, en parte porque muchos compañeros faltaban a las clases y había que retomar el tema en la siguiente sesión.
Meses después nos graduamos y nos tocó subirnos por primera vez a una ambulancia.
Pero ese es tema de otro post.
Mientras, aquí pueden ver algunas fotos de aquellos tiempos.
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